Han pasado casi 150 años desde la publicación de Las aventuras de Alicia en
el País de las Maravillas, el 24 de mayo de 1865, y este clásico de la
literatura británica sigue alimentando mil y una interpretaciones. Una
de las más extendidas es que su atmósfera disparatada solo pudo ser concebida con la ayuda de drogas.
No olvidemos que, en tiempos de Lewis Carroll –seudónimo del matemático inglés Charles Lutwidge Dodgson–, el opio y un brebaje alcohólico que lo lleva como ingrediente, el láudano, se consumían legalmente. A esto hay que añadir que Carroll sufría jaquecas,
por lo que pudo acudir a un remedio fuerte para aliviarlas. De hecho,
existe un trastorno llamado síndrome de Alicia en el País de las
Maravillas o micropsia, que consiste en ver las cosas distorsionadas y
que precisamente causan las cefaleas agudas.
Lo cierto es que muchos han apreciado en las setas mágicas ingeridas
por la protagonista, el narguile que fuma la oruga o la sonrisa
suspendida en el aire del gato de Cheshire referencias claras a las
drogas. Esta lectura de la obra fue especialmente popular durante los años 60,
cuando hacían furor el LSD y otros psicotrópicos. Pero la mayoría de
los expertos en la novela, que tuvo su continuación con Alicia a través
del espejo (1871), no quieren ni oír hablar de esta posibilidad, pues
simplemente ven un derroche de imaginación con el único objetivo de
entretener.
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